In-forme 2.26 por Rodrigo Perez de Arce, PhD

Rodrigo Perez de Arce es arquitecto y profesor titular en la Escuela de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile, en Santiago.

Adentro
Con sus manos alzadas, un hombre adulto  alcanza los dos metros veintiséis centímetros . Comprendidas dentro de esa franja abarcadora de medidas, al “alcance de manos”, múltiples operaciones modelan el espacio cotidiano. El arquitecto Le Corbusier consagró esta medida como una suerte de módulo, fijándola en un estándar adecuado para las personas: la suya era también una reacción a la desmesura -o bien, a la simple desatención- que la arquitectura de fines del siglo XIX imponía a las medidas “justas” de las cosas. Desatención, quizá, proveniente también de la abstracción del patrón de medidas del metro respecto al cuerpo humano. 2.26, medida precisa y a escala del hombre, que reconocía, al mismo tiempo, las cualidades de ajuste entre necesidad y equipamiento, entre las rutinas de la vida y el servicio prestado por las funciones del mobiliario y del almacenaje. Óptimamente validada en las cabinas del barco de pasajeros, los coches dormitorio del ferrocarril y el interior del avión de pasajeros. Allí, un simple gesto posibilitaba retirar objetos, acomodar un respaldo, operar la calefacción, ajustar la luz, descubrir el lavabo o desplegar un camarote para pasar la noche. Espacios minúsculos y extra-equipados, que establecían interfases amables y eficaces: producto de un cálculo racional omitían lo suntuario para hacer efectivo el óptimo equilibrio entre alcance corporal y efectividad mecánica. Para Le Corbusier, los dos-punto-dos-seis fijaban un primer horizonte del ambiente habitado. Y no cualquiera, sino el más intenso, el más cargado de consecuencias, el más definitorio de las cualidades del nuevo hábitat. Y en tal grado quiso ser congruente con su predicamento, que decidió experimentarlo personalmente mediante un cubículo diminuto, instalado para su uso particular al interior de su atelier de arquitectura , y otro -de aproximadamente iguales dimensiones- frente al litoral de la Costa Azul, destinado a sus tiempos de reposo. De tamaño no mucho mayor que un confesionario, en el calce estrecho entre cuerpo y recinto, esos cubículos postulan un lujo cuya razón no está en el exceso sino en la justeza: razón que sólo podría definirse como “poética”.


No siempre estuvieron las cosas al “alcance de la mano”: también en Santiago las antiguas habitaciones solían alcanzar grandes alturas, cuyo origen parece remitirse a ideas acerca de la higiene. Por encima de las personas, hacia lo alto y en la penumbra, un cubo de aire generoso aseguraba, entonces, buena salud mediante un remanente útil aunque estanco. Luego, en el siglo XX, se le impusieron a la higiene otros imperativos: inundar de luz los espacios habitables, redimensionarlos a “medidas justas”, re-equiparlos en formatos más depurados, que permitiesen desplegarse con mayor libertad y luego insuflarlos con aire “fresco”, circulante. El “tamaño” de los recintos pasó a ser un programa, un objetivo preciso, luego, una doctrina. La iluminación abundante y pareja equiparaba las condiciones de visibilidad. La ergonomía aportaría lógicas dimensionales emanadas de raciocinios funcionales respecto al cuerpo humano, sus alcances, gestos y posturas. Más tarde sería el turno de la “proxemia”, en cuyo enfoque el valor de las distancias no sería homogéneo, sino fuertemente sesgado según los protocolos corporales implementados por cada cultura, depositarios de una suerte de etiqueta reguladora de distancias, modos y gestos. El universo de situaciones comprendidas al alcance corporal encontraba entonces diversas explicaciones y horizontes instrumentales.


Mientras tanto buena parte de la vivienda urbana latinoamericana quedaba confinada hacia las medidas mínimas como la fatalidad dimensional de la pobreza: estrechez y promiscuidad fueron -y son aún hoy- características tan importantes como vergonzantes de nuestras ciudades. Los “techos para Chile” apenas asoman por sobre el alcance de manos. Pocos son los espacios que la superen en esos ambientes, en donde todo es pequeño y transportable a hombro, como si la medida de los esfuerzos corporales y la de las magnitudes de las cosas hubiesen encontrado un ajuste, como si esa ciudad estuviese a punto de buscar otros -mejores- derroteros hacia donde emprender rumbo.

Más adentro

El arte rupestre -se nos dice- dio origen a una primera sensibilidad “artística” mediante expresiones sorprendentemente “modernas”. Arte “mural” que frecuentemente se ejecutaba pigmentando superficies rugosas en la penumbra estrecha de la caverna, de espaldas respecto al plano de ejecución, en las antípodas de la pintura “de caballete”, cuyo lienzo terso, vertical, luminoso, ofrece un plano frontal de operaciones pictóricas. Oscura, estrecha, encerrada, la caverna -imaginamos- pertenecía al campo dimensional del “alcance de la mano”. Palparlo y modificarlo debieron ser la misma cosa, puesto que sus superficies recibieron una y otra vez pinturas, huellas, marcas, las que hoy todavía nos asombran. Allí, el cuerpo y la envolvente debieron alcanzar sutiles grados de ajuste. Nuestras medidas canónicas se registran, en cambio, sobre la vertical, y este giro posee sorprendentes consecuencias en el campo de las percepciones, de los sentidos y de las funciones motrices del cuerpo:
  (…) “ del apoyo y marcha sobre los pies depende la liberación de las extremidades delanteras y su transformación en brazos y manos, en instrumentos de captación y trabajo; por tanto, de ahí la liberación de los labios como áspero aparato prensil cuando las cuatro extremidades estaban ocupadas en el sostén y desplazamiento, y su transformación en parte de un delicado aparato de fonación; la superación de los sentidos a ras de tierra –el olfato y el oído- desplazados por la hegemonía del sentido de la distancia: la mirada , y cerrando el círculo, la combinación de mano y ojo…(…). 
En esa congruencia de órganos y miembros se fundan las acciones productivas que comentaremos, acciones relacionadas con los signos singulares en el espacio colectivo, cuyos rasgos son fundamentalmente apreciados por la mirada.

 

Afuera, hoy

Al “aire libre”, fuera del constreñimiento del recinto cerrado, el alcance máximo definido por la medida de dos-punto-dos-seis (“alcance de manos” para un adulto erguido; ni para viejos ni para niños), define un estrato que no por invisible deja de encarnar el territorio más denso en experiencias urbanas -y por ello también a su modo- el más volátil, el más desgastado, el más frágil, el más hollado, el más vulnerable a la acciones de la vida urbana. Por algo se lo concebía antiguamente en el marco del orden rústico, como rusticado, grueso, irregular, bruto.
Este estrato que circunscribe diversos modos de negociación entre la ciudad y las personas es el medio que acoge las tácticas de apropiación de quienes hacen de la calle su espacio de vida y su fuente de trabajo, es la esfera de intercambios para diseminar mensajes, y el espacio de rutinas urbanas insistentes. Aquí se registran incontables maneras de apoderarse del lugar público. Rejas, troncos-postes, matorrales, todo sirve para posicionarse, inscribiendo pequeñas historias en el recorrido de las veredas. Su contraparte son los alarmantes sistemas de “seguridad” que definen sin mayor sutileza la separación entre los de adentro, sus mundos privados y posesiones, respecto a los “otros”, los errantes, los de “afuera”.


La estructura de ese espacio callejero es compleja: arriba se despliegan innumerables objetos “fuera de alcance”. Algunos parecen representar la voluntad unitaria del estado o de algún poder central, como lo hace el follaje uniforme del arbolado urbano, cuyos troncos, a la manera de columnatas, se fugan hacia el infinito. No sería posible imaginar hileras ordenadas y uniformes sin ese empuje unitario, superior y de largo aliento. Lo mismo se podría decir de las alamedas rurales: no las hay ordenadas y extensas, en donde las tierras se fraccionan en minifundios.
 

Luego, tras los árboles, llegó la iluminación pública, instalada ahora como una red unitaria de cables, postes y luminarias, ordenadas métricamente, ritmando con los árboles “en hilera”. Unos dos metros cuarenta por sobre el alcance de manos se desplegó la urdimbre de cables aéreos: telar infinito y de trama suelta que, a diferencia de la “avenida” de los árboles, fue formalmente indiferente desde su origen. Jamás se contempló un diseño de sus configuraciones ni se imaginó mayormente su efecto “formal” a luz de día. Nunca fue su aspecto (o por utilizar un término de moda, su “impacto”) objeto de “proyecto” alguno que considerase su presencia, ya que su alcance se remitió estrictamente a su servicio utilitario. Otros “tendidos” de “infraestructura” se despliegan bajo tierra, pero de ellos sólo nos enteramos cuando las excavaciones nos exhiben las entrañas rurales de Santiago, hechas de polvo, arcilla, lombrices, bolones, cascajo.


Hileras de árboles acompañan el trazado de las calles: al menos así lo asumimos por costumbre. Lo más probable es que cada calle moderna recién inaugurada poseyó árboles orillando sus calzadas. Sólo el tiempo y la civilización dirimirán qué queda de ese arbolado. Anteriormente las acequias rurales penetrando la ciudad regaron dichos árboles: ahora hay quienes “manguerean”; poco a poco conserjes y jardineros son sustituidos en esta tarea por micro-aspersores automatizados que lanzan agua pulverizada. De noche palpamos la humedad de las plantas y de la tierra: así huele Santiago en verano. En los barrios populares aún esparcen agua con ollas y baldes porque allí se suele regar la calle para apaciguarla, para bajar “la calor”, como se regaron antes las calles de tierra para bajar el polvo. Pavimentos y árboles, regados indiferentemente: unos se enfrían, otros crecen. Salir a regar es una manera de estar en la calle, mirar en largos silencios, “tomar el fresco”, al igual como en otras ciudades se pasean perros con el objeto de salir fuera. Si bien en unos barrios sólo caminan jardineros y “nanas”. Habitantes trasplantados del mundo popular, que quizá reconocen en la calle un espacio que siempre les resultó habitual, y en donde sólo el jogging rompe este implícito código social. Por lo general, en Santiago, la calle todavía es un espacio habitado.
Antiguamente no hubo ni cables ni árboles en nuestras calles: lo primero no existía porque no se lo había inventado. Y, de algún modo, lo segundo, por la misma razón. Nuestras calles eran “secas” ya que nadie imaginó necesario, útil o deseable el que los árboles acompañaran los recorridos. Y por lo demás, el campo estaba a la mano: el estándar urbano de la avenida parece haber venido de Francia pero, como todas las ideas realmente importantes de consecuencia cotidiana, su origen es difuso. Quizá si más allá de la deseada sombra o de la “presencia natural“ encarnada en el árbol, justamente cuando el crecimiento urbano alejaba el espacio agreste, no exista en el arbolado un recuerdo de la columnata, recreando sin proponérselo la mitología del templo griego originado en madera. Cadencias de troncos son como cadencias de columnas. De cualquier modo, a la calle arbolada se la llamó “avenida”, pero una vez que el arbolado dejó de ser privilegio de trazas mayores para convertirse en un estándar del perfil urbano, este género de calle -alterno a la hoy excepcional calle “seca”  - se quedó sin nombre.


Sea como sea, las primeras postaciones para el tendido eléctrico fueron de madera, intercalándose esos cadáveres de árboles, tótems en hilera, junto a los troncos vivos, mientras el costo ecológico de la masiva deforestación lo pagaron regiones lejanas. Otros postes, de factura de hormigón o de rieles de metal, se sumaron más tarde, intercalados a los troncos, a fin de sostener los tendidos aéreos. Así, los nuevos barrios de la periferia exhiben por mucho tiempo una silueta erizada hasta que quizá la exhuberancia del follaje prime por sobre la exhuberancia del cableado. Cables aéreos y follaje compiten por un mismo espacio: unos buscando la ruta más directa entre terminales, otros queriendo acercarse a la luz. Porque somos una cultura on-line y lamentamos desmedidamente cualquier interrupción en la conectividad, el cable cuenta con ventaja. Entre podar cables o mutilar árboles está claro que la solución va por las ramas. De ahí que en ciertas calles no convenga levantar la vista.


Las responsabilidades de esa “superestructura“ aérea recaen sobre distintos hombros: la de los cables, sobre las respectivas compañías de electricidad y telecomunicaciones; la de los árboles, sobre los “departamentos de aseo y ornato”. Ambos comparten la tuición del espacio aéreo.


Telecomunicaciones está afiliado al “ministerio de obras públicas y transportes”, puesto que caminos, teléfonos y redes digitales igualmente “comunican” y “transportan”, sólo que unos dotándonos del soporte material para “practicar” la comunicación con nuestros cuerpos y el otro tendiendo la red de filamentos para el trafico “virtual” de palabras e imágenes. Así la calle conjuga diversos tráficos, diversas velocidades, diversas intimidades.
Afiliado a los respectivos municipios, el par “aseo y ornato” trasluce aquella “civilidad” que junta lo bello y lo limpio en una idea higienista (jamás la hubiesen concebido los griegos). El que nosotros la poseamos quizá es una secuela de la Ilustración, aunque el que lo bello sea definido como “ornato (adorno: “algo que se agrega”) huele más a siglo XIX (al igual que la ideación de las “Bellas Artes”).


Así es como por sobre nuestro hombre de las manos alzadas se despliega hacia arriba, visible y empírica, la potencia tecnológica (efectividad por sobre aspecto) y la aspiración civilizadora del progreso (ornamentar el espacio publico, oxigenar la ciudad). Para medir el saldo efectivo que arrojan estas intenciones algunos hablan de “externalidades”. El saldo es conocido: los árboles arrojan sombras, los cables mutilan árboles.


Civilizar, que es literalmente cultivar, implica un cuidado sostenido en el tiempo. Para la ciudad, que es de por sí longeva, un cuidado sostenido en el tiempo significa un traspaso de generación en generación, de mano en mano: así se cuidan los grandes árboles y ése es simultáneamente el significado patente de su cuidado, significado que se describe sutilmente en inglés como husbandry, algo así como “maridaje”. Los árboles son (como los edificios) por decirlo así, “inversiones a largo plazo”. Y ésa es claramente una de las proyecciones de la calle, y es por ello que podemos reconocer ambiciones y modos de vida, actitudes y falencias sólo observando las calles de una determinada ciudad. Mientras tanto, las redes técnicas no maduran ni crecen ni cambian sino por efecto de la obsolescencia, la competencia y la proliferación que crea una demanda creciente.


Bien asentado sobre el suelo, nuestro habitante ocupa el espacio de la calle. Esos suelos que lo sustentan describen una sutil topografía, estructurada por estrías, de calzadas -inclinadas para desaguar hacia las cunetas y sumideros-, cunetas -para encauzar el tráfico rodado entre límites bien definidos-, antejardines -para “ornamentar”-, y veredas -para caminar-. Todo ello expuesto al mayor desgaste por efecto de las fricciones del uso cotidiano. Buenos suelos también distinguen a buenas calles, y las lógicas de ordenación que hemos descrito no surgieron de la nada. Como con el arbolado, tomó tiempo separar aceras y calzadas, desaguar hacia las cunetas e imaginar antejardines. Nada de eso existía en Santiago antes de 1874.


Este escenario es entonces híbrido: sus formas se definen por hábitos y reglamentos.

Desde esa superficie de suelos hasta los dos metros cuarenta, un habitante maduro se despliega sin mayor esfuerzo. Ésa es su posibilidad más inmediata de “intervenir” modificando en algo el espacio de todos, concentrando entonces las huellas de la vida urbana, sea por desgaste, sea por intención, en una franja asociada a los alcances del cuerpo. Por eso es que la idea clásica del zócalo asume la triple función de soporte, encuentro con el suelo natural y protección frente al desgaste lateral, reconociendo y señalando la especificidad de esa primera franja en la articulación vertical del edificio.


Así entendido por capas o estratos, no es lo mismo este primer horizonte del “zócalo” que aquel primer horizonte aéreo de cables y follaje, ni tampoco es homogéneo el “campo” que describen verticalmente los distintos estratos superiores que configuran el espacio habitual de la calle: farolas, copas de árboles, balcones, cornisas, azoteas y cumbreras, chimeneas, equipos y antenas.


Hubo una vez en que esos estratos aéreos estuvieron poblados de signos de la vida doméstica: tendidos de ropa, trastos, macetas, canarios, quizá también gritos, matizando un tanto la separación que nos es más habitual entre un nivel calle agitado y unos niveles superiores mudos. Pero el sentido del “ornato”, a diferencia del sentido de lo “bello”, connota quizá algo más cercano a las reglas de la urbanidad, poseyendo por eso proyecciones represivas que deben haber hecho que la ropa, los canarios, gritos, trastos y macetas se replegasen hacia los interiores. Por eso es que ahora los departamentos  en Santiago cuentan con “logias de servicio” resguardadas tras celosías, cuya función es esconder lo inmostrable: canarios, ropas interiores y, por cierto, el espacio utilitario del ambiente doméstico. Desde entonces los pisos altos se vaciaron de signos, ciñéndose a reglamentaciones municipales que cautelan las “buenas costumbres” y la dupla “aseo y ornato”, y se construye un ámbito público mas aséptico.


Hay entonces una densidad que es propia de ese territorio circunscrito entre el suelo de la calle y el alcance de la mano tendida hacia arriba. Certeau reconoce en las infinitas tácticas urbanas una capacidad de acción independiente de las coerciones del poder central sobre el espacio y sus habitantes. Los habitantes urden prácticas de uso intentando sacar ventaja de las condiciones de ese espacio. Así es como los vendedores ambulantes, las prácticas nómadas, los usos alternados en el tiempo, los signos tribales, los cotos invisibles de diversos grupos de interés, se apoderan de la calle. Pero apoderarse a través del hábito supone, en último término, habilitar. Allí están las señas de vida, las bolsas plásticas colgadas de los árboles, los cajones que se desdoblan en sillas o mesas, las barreras que dirimen el uso del estacionamiento, las posiciones estratégicas reclamadas por diversos actores: un mundo de micro intervenciones.


Recuerdo imágenes de Cartier Bresson registrando un arbolado de camino rural o algún encuentro urbano casual: las sombras de Sevilla, la luz pálida de la City en Londres, las ruinas de la guerra civil española. O de Nigel Henderson, los juegos, los grupos silenciosos, el comercio de barrio. También de Sergio Larraín, la dignidad de los niños vagabundos, las coreografías de escaleras y paseantes en Valparaíso, pero esas calles son todas de otra historia. Quizá no poseen cables porque éstos transcurren bajo tierra, ciertamente no poseen árboles porque no se las concebía de ese modo, carecen de “antejardines” porque nunca se les ocurrió que estando en la ciudad necesitaran “ornamentarse” con plantas. También es cierto que representan un período de bajo volumen de tránsito: se camina indiferente por calzada o acera.


Mirar de frente cualquier calle, buscar los modos de apropiación, auscultar su factura, su espacio y sus formas, reconocer cómo lo in-forme del uso casual y lo “formal” de las instalaciones más permanentes, cómo la actividad a veces intensa bajo el cobijo de las redes de árboles y cables instalados en virtud de una ordenación sistémica, muestra una realidad cotidiana y persistente. Como un retrato, lo que aparece no es siempre estimulante, pero es lo que es, tangible, real, de hoy, tal cual, anónimo, de todos y de nadie, y en ello recae precisamente su enorme relevancia.